Antes de adentrarse en su aventura educativa en uno de los poblados más pobres de Nepal, trabajaba en una escuela estatal. Tras ser testigo de una serie de injusticias que se llevaban a cabo en este organismo, decidió dejarlo todo y seguir su propio camino creando una escuela pública para los más desfavorecidos de Katmandú con muy pocos recursos. Se asentó en un poblado de chabolas en el que los niños eran la mayor parte de los que allí habitaban, la nueva escuela no tardó en llenarse.
Viendo la película te das cuenta de que debió ser muy duro, pero escuchándola a ella contárnoslo en primera persona, te lo imaginas aún peor. Según nos contó, la película no refleja del todo lo que realmente ella vivió en Katmandú. Y es que es verdad que una película, por muy buena que sea nunca transmitirá la la perfección lo que realmente se vivió. Todos acabamos con lágrimas en los ojos y con una reflexión, y por qué no con el corazón un poco más blandito después de adentrarnos en esta bonita historia. Sin duda es un ejemplo a seguir, un ejemplo de lucha desinteresada y empática con ganas de cambiar el mundo desde el epicentro de una ciudad tan pequeña y pobre como Katmandú y mediante algo gratuito como es la educación.
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